Cervandimes y Cervandiretes
Solo el amor

Una de las mayores satisfacciones que tiene un autor es ser leído por aquellos a quienes admira. No les puedo llamar colegas, pues solo soy un cervanokupa al que los aún no le han desalojado los forzudos. Quienes tenemos gafas damos más el pego. Algunos de ellos ya han leído Cervantes y la ternura humorística (Marciano Sonoro) y me han manifestado sus respectivas opiniones: Juan Matas, Jorge García López, Javier García Gibert, Santiago López Navia, Alicia Villar Lecumberri, José Manuel Lucía , Jordi Aladro, Demetrio Fernández, Elisa Romero, Javier Huerta Calvo, José Manuel Callejas, Patricia Marín Cepeda…el bloguero y activista Ramiro Pinto… los excelentes periodistas Esther Bajo y Ángel María Fidalgo. Ninguno me ha lanzado “pepinos, ni ninguna otra cosa arrojadiza” que diría Cervantes. Lo tiene ya Ruth Fine. Y Luis M. Moll. Porque lo de la fotografía no es pepinazo, sino calabacín…y además esta imagen tiene ya años, ahora tengo más pelo; debieron de enterarse que me pirra el pisto. También están leyéndolo otros admirados: James Iffland y Antonio Barbagallo… y lo tienen Alfredo Moro y Adrián J. Sáez, pues me lo presentarán en noviembre, con Alicia Villar y la Asociación de Cervantistas…¿qué más puedo pedir? Marta me dice que su compromiso conmigo de “en la salud y en la enfermedad” solo incluye leer mis ensayos cervantinos si sale un asesino en serie, es que ella es muy de novela noruega; eso sí, el prólogo de Luis Gómez Canseco se lo leyó en un santiamén. Están gustando mucho las ilustraciones de Ricardo Ranz y de Nicolás M. Roa, así como las procedentes del Banco de Imágenes del Quijote 1605-1915.
No me han arrojado verduras, legumbres, hortalizas... pero tampoco nadie me ha mandado aún un jamón, ni siquiera unos bomboncicos de Mercadona. A dos de mis lectores cervantistas -los de letras también sabemos contar- les ha dado pena acabarlo, y esto me conmueve… pues es un libro escrito con el anhelo de que si tienes un mal martes encuentres -ojalá- al azar un párrafo que te alivie, al menos hasta el miércoles; en fin, lo escribí en registro “sonrilágrima”, término que ideé en un golpe de inspiración, pero también de curtida vivencia en lo que vale un peine. Quién más y quién menos, hemos sobrevivido a un arcabuzazo.
Es lógico que el padre vea guapo a su libro feo, pero conmueve escuchar a. otros afirmar que ha salido clavadito a ti. Es mío, eso sin duda. Y sí, firmaría porque sus hipotéticos lectores lo perciban auténtico…de lunes a domingo. Auténtico como la sonrisa de Marta, los valores que me inculcaron mis padres… como que un día ya no estaremos aquí, autentico como que solo el amor inmortaliza.
Y qué estupenda la columna que ha dedicado Javier Huerta Calvo al humor cervaantino, con detallada mención a "Cervantes y la ternura humorística", publicada en Bierzo Digital (ver sección Reseñas). Me hizo una excelente presentación del mismo en Astorga. Gracias, admirado maestro.
Ah, olvidáseme decir, que José Manuel Lucía me dijo ayer que tenía mi libro muy subrayado, y que eso en su caso es señal inequívoca de que le ha gustado mucho. Qué bien. Este ensayo no me ha traído un pan debajo del brazo, sino toda una panadería. Pero el mérito no es mío, sino de la vida.
Cervandimes y Cervandiretes
PEDRADAS

Ilustración. Jos Lada
Hay cervantistas que por descubrir un dato desconocido sobre el manco de Lepanto estarían dispuestos no diré que a matar - tampoco exageremos- pero sí a dejar un reguero de colegas convalecientes. Sin duda, proferir un eureka ha de ser un placer inconmensurable. Jamás he proferido uno, ni siquiera pequeño. Y sí, hay quien por un nimio descubrimiento documental estaría dispuesto a tirar la piedra y a esconder la mano, incluso la dos. Y si lleva la firma de Cervantes, incluso a hacer que lluevan pedruscos. Para quienes son de erudición compulsiva lo que lfalta en el duro camino de la investigación son hallazgos, no chinas en el zapato.
Por supuesto, lo de la pedrada ha sido una hipérbole. Si hay un gremio proclive al banquete de confraternidad son los cervantistas. Pero como nadie es de palo, tienen sus desavenencias, como los bioquímicos, los luchadores de sumo o los filatélicos tienen las suyas. En el cervantismo, alguna vez se llega al mojicón, pero muy pocas. Quizá, los más susceptibles sean quienes debaten sobre cuál fue el lugar de La Mancha. Cervantes se lo estará pasando bomba.
En fin, ¿cómo comprender sin humor el Quijote? ¿Cómo estudiar a Cervantes obviando su alegre triunfo vital sobre el pesimismo?